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Profesión protegida

¿Tenemos miedo a la libertad? ¿Tenemos miedo a la competencia? ¿La liberalización de las profesiones dañará irremediablemente a la calidad técnica y estética de su  trabajo y hundirá en la miseria a los arquitectos?

Para contestar a estas preguntas hay que considerar dos aspectos:

Primero: desde la libertad de tarifas de honorarios, los arquitectos ya hace tiempo que se están canibalizando entre ellos: Abriendo la puerta de sus competencias a los ingenieros no puede ser mucho peor. Ah, pero es que entonces vendrán las grandes ingenierías y se llevarán todos los encargos… Y si fuera realmente así ¿Quien es el ingenuo que cree que no lo hacen ya, simplemente contratando un arquitecto que firme los proyectos en su plantilla? Y si algún arquitecto cree que las empresas tipo ingeniería son la panacea que se lo lleva todo, la solución es simple: arquitectos, cread ingenierías, organizaros como empresas de servicios y hacedles la competencia incluso a los ingenieros.

Segundo: si fuera por el proteccionismo profesional histórico, del que los colegios profesionales han sido fieles guardianes, la calidad de la arquitectura española debería estar en proporción con el grado de restricción y regulación de este ámbito profesional. Como prueba de que esto no puede ser cierto, solo hace falta ver todo el horror construido en España desde los años 50 hasta hoy, en un período altísimamente regulado y todo firmado por arquitectos titulados con proyectos visados por los colegios profesionales oficiales. Incluso hoy la calidad media de la arquitectura española (excepto algunos destellos de obras singulares) es cuánto menos cuestionable.

En este contexto, aparte de que el que ejerce tiene que tener una titulación que se lo permita (por responsabilidad social), no veo yo que hagan falta más instrumentos reguladores: El que lo haga bien, sea riguroso y hábil en aportar un servicio de calidad a la sociedad tendrá los clientes que se merece y que valoren su trabajo, y el que no, el que se ganaba la vida firmando papel porque la ley le otorgaba ese derecho, ese se tendrá que pelear con todos los que hacen lo mismo, sean arquitectos o ingenieros. Estos se merecerán a unos clientes que poco a poco les ahogarán y que recibirán el servicio de poca calidad correspondiente, hasta que los clientes con un poco de criterio se den cuenta una verdad básica: la calidad tiene un precio.

Por eso, los arquitectos, más que firmar manifiestos proteccionistas, se tienen que preguntar que quiere decir aportar y explicar esa calidad, que quieren que paguen sus clientes.

Y los que se escudan en la estética: Le Corbusier, Mies van der Rohe, Frank Lloyd Wright no tenían ni siquiera el título oficial de arquitecto …

consumo cultural de arquitectura

¿Qué queremos decir cuando se afirma que la arquitectura ha pasado a ser un bien de consumo cultural?

Empecemos por otro lado: la arquitectura es un bien de consumo básico de una necesidad física. Nos comentan que todos necesitamos un techo, que le ser humano necesita de un entorno protector contra las acciones exteriores en el que además pueda construirse su identidad y en que se pueda desarrollar individualmente.

El espacio compartido con la comunidad también es una necesidad: lugar de encuentro e intercambios de todo tipo. Dentro de esta categoría está el espacio simbólico y ritual, ligado tradicionalmente al poder o a la religión y es el que más encajaría con una definición cultural del uso del espacio.

Volvamos: ¿Cómo consumimos la arquitectura actualmente? En principio la consumimos físicamente como usuarios regulares: Vivimos en viviendas, los niños y estudiantes van a edificios docentes, los mayores van a lugares de trabajo. Otras como consumidores esporádicos: vamos al médico (a veces con estancia en un hospital), al estadio de fútbol, al cine y teatro, salimos a cenar, vamos de compras y a veces incluso a la iglesia. En todas estas acciones consumimos (utilizamos) la arquitectura pero no nos parece que estemos realizando una acción cultural.

Cuando más conscientes somos de nuestra condición de consumidor cultural de arquitectura es como turista, cuando en un desplazamiento físico sentimos la necesidad de ver y entrar en un edificio que las guías de viaje nos han sugerido.  Esto tampoco es tan nuevo como parece: Las peregrinaciones hacia lugares santos siempre han tenido esa componente del desplazamiento para ver un entorno singular y de significado especial.

Lo nuevo es  la masificación y la rapidez del acceso, tanto hacia el producto físico (entorno) como la explosión de su información (guía). Si la visita como consumo físico de los monumentos y edificios plantea sobre todo problemas de logística y conservación, la comunicación sobre los edificios, espacios y entornos se prolifera en las imágenes de los medios impresos y digitales y abre el debate sobre la fiabilidad de su información.

Sobre todo la generación de imágenes han tenido un desarrollo exponencial, independizándose progresivamente de aquello sobre lo que pretenden informar. Lo que deberíamos tener claro es que la producción de imágenes de arquitectura se han convertido en un género de consumo cultural en sí mismo. Hace tiempo que sabemos que la fotografía de un espacio es una versión absolutamente mediatizada que a menudo no tiene mucho que ver con la realidad, pero que nos agrada contemplar por el valor de la imagen en sí misma. Cuantas guías de viajes o libros de arquitectura se han adquirido por sus bellas imágenes, no habiendo visitado jamás los lugares a los que hacen referencia.

Cuando hablamos de consumo de arquitectura como bien cultural, deberíamos diferenciar pues los siguiente: El consumo cotidiano o uso consciente del espacio diario que nos afecta (como podría ser considerar la comida como un bien cultural); el uso esporádico del espacio y de aquel para el que nos preparamos intelectualmente  como turistas; y finalmente el consumo literario sobre la arquitectura, en el que la imagen o publicación -muchas veces frívola y superficial- es el fin en si mismo y no la de la visita de los edificios y la experiencia de sus espacios

Quizá el símil entre arquitectura y comida es el más adecuado: necesitamos comer, pero no toda comida es un acto cultural conscientemente disfrutado. Consumimos mucha cultura gastronómica popular -muchas veces de dudosa calidad- pero pocos acceden a la gran cocina de élite o de autor, y se ha creado una industria mediática alrededor de la cocina –libros, programas de tv, blogs,…- como género literario sin conexión necesaria con la actividad a la que alude.

Y al igual que la cocina, más importante debería ser realizar un consumo diario consciente  (y de paso elevarlo al nivel de cultura) que consumir sucedáneos preparados y mediatizados, o únicamente reservarse la exigencia para ocasiones especiales.

No construyamos

No construyamos.

La gran parte de lo que se está construyendo en España no se necesita, la mayor parte ya está construida. No creemos parques tecnológicos para empresas que aún no existen: creemos empresas que después demanden esos parques. No construyamos bloques de viviendas y adosados en tierra virgen para compradores ficticios, no produzcamos suelo urbanizable para ensanches innecesarios, no recalifiquemos terrenos sin razón.

No construyamos.

Porque nuestra primera riqueza sigue siendo el turismo: cuidemos nuestro paisaje natural con mimo, controlemos el paisaje construido con diligencia: nos va la vida en ello. Si decae, nadie vendrá a vernos, nadie querrá pasar aquí sus vacaciones, nadie dejará aquí su dinero. De momento vendemos paisaje, clima y lifestyle, no polígonos industriales.

Hemos perdido tiempo, no nos engañemos: no hemos conseguido la base educativa, tecnológica e industrial para competir con los países más avanzados. Podemos conseguirlo, pero costará. Costará tiempo y disciplina para cambiar la mentalidad de generaciones, pero puede hacerse si nos hacemos las preguntas necesarias y actuamos en consecuencia.

No construyamos.

Busquemos la manera de ganar dinero sin construir:

Preguntemos por qué un terreno urbanizable cuesta más que uno rústico. Es por las expectativas de negocio y explotación de ese terreno, que hasta ahora se consiguieron colocando un inmueble y vendiéndolo. Intentemos que el NO construir posibilite una explotación que genere mayores beneficios que construyendo. Sólo así la presión constructora/destructora sobre el paisaje se suavizará.

No construyamos.

Nos olvidamos que el valor de un inmueble no es un valor absoluto; puede no valer nada si no hay nadie que quiera vivir en él o utilizarlo para su negocio. Si carece de su valor de intercambio es incluso un valor negativo, puesto que hay que mantenerlo o su mera presencia resta valor al emplazamiento en el que se sitúa.

No construyamos.

No “produzcamos” más suelo. Un terreno urbanizable estrictamente no produce nada: sólo residuos. Un terreno agrícola si produce materia orgánica y comestible. Un terreno yermo no produce apenas nada: algo de oxígeno de sus plantas, drenaje y filtraje del agua, hábitat para animales. Un terreno o paisaje no construido ni agrícola puede producir ingresos si la gente quiere verlo y pasar tiempo en él.

No construyamos.

Derribemos lo innecesario, embellezcamos los feo, arreglemos lo arreglable, limpiemos nuestro entorno de cables callejeros, basura, rótulos, cerramientos salvajes de aluminio, balaustradas de cartón piedra, revestimientos nauseabundos, colores chirriantes, medianeras desnudas.

No construyamos.

Denunciemos las salvajadas. Avergoncémonos de nuestra mediocre y falsa modernidad, de nuestros museos vacíos, centros culturales provincianos, aeropuertos desiertos, barrios fantasmas, tsunamis de segundas residencias.

No construyamos hasta que realmente necesitemos hacerlo